Una obsesión por el ombligo por Ignacio Paredero

Ignacio Paredero Huerta es miembro de la OSPD

Ignacio Paredero Huerta es miembro de la OSPD

El PSOE es un partido de gobierno centenario. Durante treinta años, ser candidato por el PSOE, ser candidato de un partido con una historia, con una tradición, con una gestión, con claros avances en derechos económicos y sociales, suponía un aval de credibilidad tan notable, tan fuerte, que no importaba tanto quién defendiese los valores del socialismo, su credibilidad o incluso su coherencia con dichos valores. No importaba: el efecto del sistema electoral, de la estructura institucional y de esa credibilidad acumulada, garantizaba ser, como poco, el segundo partido, la oposición.

Y comenzamos a mirarnos el ombligo. Si no importaba tanto quién elegíamos, si no importaban tanto las propuestas, si no importaba tanto, ojo, atender a las demandas de la ciudadanía, entonces lo que importaba era la batalla interna. ¿Para qué íbamos a elegir a alguien con empatía y comunicación? ¿Era necesario, acaso, atender a lo que nos exigía la calle? ¿Teníamos que rodearnos de los mejores o, por el contrario, necesitábamos simplemente gente que dijese que si, que apoyase con lealtad férrea todo lo que dijésemos? ¿que importaba más, el partido, el aparato o la sociedad, la ciudadanía?

¿Que importaba más, nuestro ombligo o escuchar a la calle?

Nuestro ombligo, por supuesto. La fontanería. La maniobra. El sumar suficientes apoyos dentro, el equilibrar a las familias, el repartir los pesos y papeles. El estar cerca del secretario de organización. El lograr ser califa en lugar del califa. El no mojarse, con nadie. El no hacer ruido. El poner una vela a Satanás y otra a Belcebú. El decir que si, aunque supiésemos que no. Fontanería frente a liderazgo.

Esta cultura política, esta forma de entender el partido, contaminó de raíz el alma brillante del PSOE. El ombligo se convirtió en una obsesión y luego nos devoró. Nos perdimos dentro, pensamos que todo estaba dado, que los votos eran propiedad nuestra en vez de un préstamo, que eran una herencia en vez de un depósito. Nos olvidamos que los votos se ganan con ilusión y credibilidad, que se mantienen cuando representas a la calle. Que nadie, por ganar un congreso interno y tener unas siglas, merece ser votado. Reducimos democracia interna mientras reducíamos democracia fuera. Hacíamos lo que pensábamos mejor para la ciudadanía sin escuchar a la ciudadanía. Pusimos a los obedientes a los que decían que sí, para votar lo que nos decían que sí. Pusimos a los que sabían pensar como nosotros. E hicimos lo que se nos mandó desde Europa, desde Alemania, desde los mercados, hicimos lo que nos dejaron hacer.

Y decepcionamos a la gente.

Esta es la lección capital que todavía algunos no han aprendido. Los que mandan son los ciudadanos, no las siglas. Las estructuras políticas, incluso los partidos centenarios, son mudables, cambiables. No son imprescindibles. No somos imprescindibles.

Aunque representamos mucho de lo mejor que ha dado la política en este país, nuestro crédito se ha agotado, se ha agotado con la crisis, si, pero también con una ciudadanía nueva, con unos jóvenes que no leen prensa en papel, que no aceptan los mensajes cocinados, que no tragan con decisiones de las que no han formado parte y que están acostumbradas a debatir y discutir todo, en twitter, en Facebook, en los comentarios de los digitales. Gente que no manda una carta al director, porque para ellos participar es lo que hacen todos los días en sus móviles.

Ésta es una de las lecciones: la gente, mucha gente, se ha cansado de unas instituciones que no les dan respuesta, de unos partidos que no les escuchan. Se han cansado de unos medios en los que no pueden participar. Se han cansado de ser espectadores pasivos de una crisis y quieren que se escuche su voz, que se cambie la situación, que se aumente la democracia y la participación. Que dejemos de mirarnos el ombligo.

Esta es sin duda una de las claves. Más democracia. Tenemos que ser creíbles, tenemos que representar a la ciudadanía, tenemos que escucharla y organizar mecanismos para que las decisiones se tomen de manera más legítima, mas democrática, más participativa. Tenemos que comunicar y conectar mejor, tenemos que ser mejores. Tenemos que escuchar a la calle, obsesionarnos con la calle, hablar a la calle, representar a la calle. Tenemos que apostar en fin, por más democracia.

Y por menos ombligos.

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