A la voluntad del pueblo por Jaume d´Urgell

Jaume d'Urgell  preside la Fundación Internacional de Derechos Humanos y es militante del PSE-EE

Jaume d’Urgell preside la Fundación Internacional de Derechos Humanos y es militante del PSE-EE

El catorce de abril no se celebra nada. Conmemoramos, en todo caso, el advenimiento de la segunda oportunidad de la que dispuso nuestro país para dotarse y consolidar un Estado social, democrático y de Derecho; de convertirse en un pueblo libre y plural, forjado de la unión voluntaria de familias diversas y únicas, entrelazadas para crecer, en concordia y solidaridad; donde primaran el respeto y la equidad sobre la violencia y la codicia; con separación de poderes, sentido de Estado y responsabilidad compartida; con expresa renuncia a la guerra como instrumento de política nacional; y en ausencia de injerencias ilegítimas entre la esfera de la conciencia privada y el espacio de la administración pública.

En efecto, hace ochenta y tres años, la mayor parte de nuestra ciudadanía optó por emanciparse de la opresión de la tiranía y la arbitrariedad, y decidió hacerlo en paz y democracia: en las urnas, plazas y calles… con alegría en la mirada, pero con los pies en este mismo suelo que hoy pisan los nuestros.

El 14 de abril de 1931, la voluntad del pueblo expresó su hartazgo y optó por acabar con el viejo régimen. Por su parte, el monarca, desprovisto de toda legitimidad democrática, al perder también el apoyo de las armas, cesó en la usurpación de la Jefatura de nuestro Estado y se le autorizó a eludir la acción de la Justicia, permitiendo que se refugiara en el extranjero en compañía de su familia y todo el botín que fuera capaz de transportar.

Hace ocho décadas, merced al sacrificio y la valentía de muchas mujeres, los hombres de España dejaron de arrogarse la representación de la otra mitad género humano, y reconocieron, por fin, que la voluntad del pueblo debe manifestarse mediante Sufragio Universal.

Con razón, había motivos para la alegría: los súbditos se erigieron en artífices de su propia libertad, tomaron conciencia y renacieron como ciudadanos de pleno derecho.

Sin embargo, la persona que simbolizaba el predominio de la fuerza sobre la razón, no era la única fuerza que sojuzgaba las aspiraciones cívicas de la ciudadanía. De hecho, el monarca había consentido en dejarse manipular como un pelele a disposición de sátrapas como Miguel Primo de Rivera, ignorando deliberadamente las penurias de su pueblo… cualquier cosa, con tal de conservar los privilegios del trono.

Por desgracia, poderosos estamentos e intereses conspiraban —dentro y fuera de España— para impedir la consolidación de la democracia en nuestro país. La Reacción aglutinaba fuerzas no solo entre los nostálgicos del régimen monárquico, sino también en buena parte del clero, la milicia y la oligarquía.

Pero España no es un tablero de ajedrez, un país no es una persona. La ciudadanía puede seguir padeciendo todos los efectos de un entramado tiránico, aún sin la presencia física de la persona del tirano. Porque, ni siquiera en dictadura, la estructura de toma de decisiones de un país no reposa únicamente sobre la acción de una única persona, sino sobre el entramado de cómplices y procedimientos que la hacen posible.

Sorprende que todavía en nuestros días haya quien asimila el período de la Segunda República Española a “un gobierno caótico de extremistas de izquierdas”, cuando lo cierto es que la mayor parte del período republicano, la Jefatura de Estado estuvo en manos de un conservador moderado como Niceto Alcalá-Zamora… por no mencionar el infausto gobierno encabezado por José María Gil-Robles. En fin, las mismas mentiras y los mismos silencios de siempre.

Con todo —y muy a pesar de esas fuerzas reaccionarias—, la vida política y parlamentaria de la Segunda República Española seguía adelante, acometiendo acciones políticas de gran calado, como la reforma de la estructura y organización de las Fuerzas Armadas, la Reforma Agraria, la secularización de la Instrucción Pública, el Tribunal de Garantías Constitucionales, la aprobación del Estatuto de Autonomía de Catalunya… demasiado bien en muy poco tiempo, algo que superaba los límites del “ángulo de despegue” que la Reacción estaba dispuesta a consentir.

Finalmente ocurrió lo que todo el mundo sabe: la República siempre llegó por en paz y por las urnas, y por segunda vez cayó bajo la fuerza de las armas. Así, con el triunfo militar de quienes perdieron las elecciones, llegó la oscuridad. Con la dictadura se truncó el respeto hacia las Culturas, Artes y Ciencias; hacia la Paz y la justicia social; se relegó a la mujer a un papel secundario, alejada de la vida política.

Se interrumpió, en suma, el proceso de construcción de una sociedad mejor, dotada de Estado democrático y de Derecho, garantista e inclusivo. Lo primero que hizo la Reacción fue intentar acabar con los valores cívicos como la libertad, la igualdad y la fraternidad, asesinando a cualquiera que profesara convicciones inconvenientes para los intereses de la oligarquía.

La Represión Franquista fue un periodo de terrorismo en nombre del Estado tan brutal (en extensión e intensidad) que bien podría afirmarse que la Guerra Civil Española no tuvo realmente una fecha final, dado que la campaña de secuestros, desapariciones y asesinatos se prolongó y fue diluyéndose paulatinamente durante buena parte de la década de los 40. Los arrestos arbitrarios durarían infinitamente más, junto con la práctica de torturas y otras atrocidades, como el secuestro de bebés, crímenes todos ellos de lesa humanidad, que llegaron a cometerse al menos hasta la década de los 70.

Tenemos la responsabilidad de investigar, de recordar, de analizar y comprender; tenemos la obligación de hacer Justicia y reparar a todas las víctimas de la barbarie. Debemos conmemorar a quienes padecieron el horror de la violencia, con independencia de cuál fuera su adscripción ideológica o bando militar al que pertenecían, sin que ello presuponga establecer falsas equidistancias entre la motivación filosófica de quienes defendían y atacaban las instituciones del Estado social, constitucional, democrático y de Derecho que fue la Segunda República Española.

Durante más de cuatro décadas, el objetivo de la propaganda oficial estuvo encaminado a justificar el golpe de estado, llegando a identificar el concepto de República y con el caos, y el de republicano con antiespañol. Un grosero ardid intelectual cuyo efecto todavía hoy es posible constatar.

Pero entonces… ¿y España? Bueno, decía que un país no es una persona, pues bien: un país no es el vocablo de su nombre, ni un credo, ni un idioma; un país no es una silueta ensangrentada trazada sobre el mapa de la geografía humana; un país no es un pedazo de tela, de dos —ni tres— colores, ondeando al viento en un páramo de vergüenza y desolación.

Estos son momentos difíciles, momentos en los que es pertinente e imprescindible proclamar lo obvio. Pues bien, helo aquí: hoy como ayer, las mujeres y los hombres que defendemos la República Española, lo hacemos guiados por un por una profunda convicción de amor hacia nuestro querido país, entendido como la expresión del deseo de felicidad para quienes vivan en él, superando el miedo, el dolor y la ignorancia.

Que nadie se lleve a engaño: sabemos que vivimos en 2014 y no actuamos por nostalgia sobre la idealización del pasado, por supuesto que hubo aciertos y errores, y tanto de unos como de otros debemos aprender.

Debemos conservar la memoria, la esperanza y la firmeza de nuestras convicciones, no por nostalgia del pasado, sino por nostalgia del futuro, porque todavía no sabemos en qué día, ni en qué mes caerá el próximo catorce de abril. Actuamos con templanza y sobriedad, pero con serena valentía, conscientes de que alguna de las mejores Jefas de Estado de la historia España se encuentran hoy en la universidad.

A la voluntad del pueblo, en nuestra mano está la posibilidad de convertir a España en la mejor versión de sí misma: un Estado al que no haya que temer, una sociedad más decente, de la que todas y todos podamos sentirnos orgullosos, capaz de despertar adhesión, progreso y seguridad. En nuestra mano se encuentra la responsabilidad de concretar esa posibilidad.

¡Salud y República!

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